Fiona sabía de sobra la importancia que la sociedad actual estaba dando al sexo de mujeres, para mujeres y entre mujeres... "_ Se acabarán las tendencias falócratas, pensaba._ La adoración del pene. Las teorias freudianas sobre la mujer como enferma histérica (histerus=utero en latín) explicadas a partir de recuerdos ocultos de tipo sexual, donde el origen del trauma residía en la ausencia de pene o de relación con el pene,... o que diría un cubano: falta de pinga. Abajo esos pollones gigantescos y dominantes penetrando en coñitos minúsculos. Lo que la gente busca son clítoris que desde su tamaño diminuto esparcen sus líquidos chorreantes al viento sin ánimo de comparación con los representantes masculinos._"
Y no es que no le gustasen las pollas. Especialmente la de Siggie que además de comportarse casi siempre de maravilla, con su inmediata entrada en acción, era bella, BELLA con mayúsculas, con el capullo grande y sedoso, el tronco proporcionado y los huevitos adornándola como una seta en un bosque encantado. A Fiona le encantaba follar... por activa y por pasiva... follar y ser follada... subirse encima de una polla bien tiesa y cabalgarla primero suave, al paso, sintiéndola deslizarse despacio por el conducto vaginal, bajando y subiendo, después un trote ligero que le calentaba todo el cuerpo... para acabar con un galope frenético hasta exprimirla y sacarle la última gota de leche...
O el círculo tántrico... Fiona se moría por vivir esa experiencia sublime, por encontrar un hombre con quién experimentarlo...
Y no hablemos del bondage. Ese era otro capítulo: sus fantasías con las ataduras y la sumisión.
Pero el goce del clítoris era glorioso, eso estaba por encima de todas las cosas... Era pensar en el clítoris y automáticamente le venían imágenes de chicas con lenguas lascivas que se turnaban en incansables mamadas, lengüitas traviesas que aparecían por todas partes... y le comían la oreja y el cuello y los pezones... bocas y dientes que besaban y mordían... labios que le succionaban el clítoris con tanta fuerza que se le fundía dentro de la boca... o se le hinchaba tanto que parecía que iba a salir flotando...
Entonces sacaba su mini-vibrador multirrítmico que siempre llevaba en el bolso y se masturbaba. Una vez lo hizo en el coche en el aparcamiento de un supermercado. Cerró las puertas con el seguro. Sacó un libro que sujetaba con una mano para disimular. Se quito la cazadora y la colocó encima de las piernas. Cogió el aparatito y lo puso en marcha, llevaba una falda de vuelo, lo que facilitaba las cosas, introdujo el vibrador debajo de las braguitas y lo dejo así vibrandole bastante fuerte... Soltó el libro y reclinó un poco el asiento mientras se corría... Desde el silencio de su solitario orgasmo contemplaba el constante ir y venir de familias con niños y mujeres estresadas empujando carritos ...
(Durante una de las sesiones, Dora jugueteaba nerviosa con su bolso abriéndolo y cerrándolo y Freud lo interpretó a su manera:“ El bolso de Dora, que se abría por la parte superior, como es habitual, no era más que una representación de sus genitales, y su jugueteo, al abrirlo y meter el dedo, no hacía más que afirmar mediante una pantomima inequívoca y despreocupada qué le gustaría hacer con ellos, en una palabra: masturbarse”)

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