Todo estaba pevisto: que tú vinieras y que yo te estuviera esperando...

Era sábado. 16 de febrero. Lo recuerdo perfectamente porque mi amigo Enrique llegó aquella misma mañana y había ído a recogerlo al aeropuerto. Juntos nos fuímos a pasar el finde a la sierra a casa de mi hermano Carlos. Carlos y Enrique llevaban un tiempo sin verse y el encuentro fue muy emotivo. Mi cuñada preparó su esplendido cus-cus de cordero y nos bebimos unas cuantas botellas de vino tinto para comer. Frank me llamó a media tarde, entre bromas y que haces y dime donde estas, mi hermano me quitó el teléfono y le mostró abiertamente sus celos: - ¿desde cuando no me llamas? Llamas a Sandra y a mí ¿qué? Pedazo de cabrón. Sube ahora mismo... sabes quien está aquí... sube... que la vamos a formar...

Frank no tenía coche. El autobús desde Madrid tardaba más de una hora cubrir los 40 km. y nuestra casa quedaba lejos de la parada en el pueblo. Sobre las ocho de la tarde cogí el coche y bajé al pueblo, necesitábamos algunas cosas para la cena y no había cerveza. Además, Minna, una vecina entrañable, se había unido a la improvisada fiesta y había que reforzar la nevera. Compré pasta, jamón, queso, nata, tomates, leche, huevos, pan y cerveza. Abandoné el super-max y me encontré con Frank en la segunda rotonda de la carretera comarcal. Estaba pasmado de frío esperando a mi hermano. Paré y subió al coche. Por el camino avisamos a Carlos para que no bajase a buscarlo. Empezamos a disfrutar de nuestro encuentro por la serpenteante carretera en medio de aquella oscura y fría noche... Si soy sincera, no terminaba de convencerme. Tenía ganas de sexo y diversión y las torpes insinuaciones de Enrique no me impresionaban. La llegada de Frank me cayó del cielo. Me vino muy bien para eludir a Enrique.
Una vez en la casa, Frank sacó de su mochila dos botellas de whisky y guardamos la compra. Nos subimos a la bohardilla, cantamos, fumamos, bebimos, preparamos una spaguettada a la carbonara cuando nos entró hambre y seguimos riendo y cantando y, en medio de todo eso, Frank y yo jugamos a seducirnos hasta que Minna se marchó a su casa y Enrique se tiró en un colchón en la bohardilla. Los anfitriones hacia rato que se habían acostado con no recuerdo que excusa. Frank y yo abrimos el sofá-cama del salón frente a la chimenea y la marihuana nos regaló una noche de sexo maravilloso.

La luz del día nos despertó temprano. Los grandes ventanales se negaban a dejarnos dormir y la claridad se apoderó de la habitación sin pedirnos permiso. Preparé café y tostadas para amortiguar los excesos de la noche anterior. Frank empezó a hacerme tímidas confesiones sobre su estado emocional. Su novia le había abandonado meses atrás y yo le gustaba mucho, le ponía, le daba morbo. Su trabajo le gustaba pero le exigía mucho tiempo, le estresaba, le agotaba. Estaba convencido: iba a trabajar duro, iba a ahorrar y se marcharía a Costa Rica. Su debilidad me inspiró mucha ternura. Me habló de sus anteriores viajes: Colombia, Argentina, Florencia, Barcelona, Costa Rica, Madrid. Estudiante de Bellas Artes, luminotécnico de artistas famosos, obrero de la construcción, en aquel momento se estaba abriendo paso como ayudante de producción en reality shows de considerable audiencia televisiva y estaba decidido a aguantar y prosperar en el medio... Me pareció un perrillo maltratado. En fin, un resumen de fantasías sexuales, corazón roto y estress laboral. Pero la determinación de su propósito me emocionó. Me enamoré de su sueño. De la posibilidad de empezar desde cero en otro lugar.

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